Nadal gana el Open de Australia

febrero 2, 2009

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Rafa Nadal by Rivaherrera

La batalla se decidió en el barro. Con furia. Con fuego. Sin guantes y a pelo. Hubo golpes de ensueño, pero fueron los menos. Predominó el miedo. La tensión. El recelo. Cuando salió a la pista para jugar contra Roger Federer, la humedad golpeó en la cara a Rafa Nadal. El calor hervía en el suelo. El público gritaba “¡vamos, Federer!” y Nadal escuchaba. Apareció entonces un partido ardiente, de lo que queman la piel, destruyen las piernas y fríen el cerebro. Nadal lo disputó desde su tenaz cabeza. Federer, con aprensión y desconfianza. Fue un campeón temblando ante su propio reflejo. Un tenista desdibujado, pero con las narices de luchar en un partido para fuertes, discutido hasta pasada la medianoche australiana. Federer, que recibió llorando el trofeo de subcampeón, no sucumbió contra un rival, sino contra su mente. Nadal, que venía de jugar 5h 14m en su semifinal, aguantó 4h 23m en el duelo decisivo para ser el primer español que conquista Australia, tras salvar seis bolas de break en la decisiva tercera manga (7-5, 3-6, 7-6, 3-6 y 6-2).

Los carteles de la grada y sus gritos pedían una escabechina. “¡Vamos, matador!”, se leía. “¡Federer, número uno!”, se proponía. Los protagonistas, sin embargo, ofrecieron justo lo contrario. Un canto al espíritu deportivo. Federer rompió a llorar por su derrota. Nadal acudió al rescate, le abrazó y le susurró palabras de consuelo al oído: “Eres un gran campeón y mejorarás el récord de 14 grandes de Sampras”. De lágrimas se hacen algunas leyendas. Ayer hubo muchas vertidas. Con el cheque del campeón en la mano, Toni Nadal, hombre serio, duro, empezó a hablar sobre lo ocurrido. Enseguida empezó a frotarse los ojos. Lloraba. “Rafa es un tipo duro”, dijo; “pero me sabe mal por Federer. No me gusta ver a nadie mal y menos a él, que es una buena persona cuyo juego admiro”.

Acababa de terminar un encuentro que pudo ser dramático. Nadal se mareó en el entrenamiento de la mañana. Luego, supo que jugaría el partido con dolores en un gemelo, en el cuádriceps y los isquios. En medio de la batalla, se dirigió a su banquillo. “¡Estoy acalambrado!”, les dijo a los suyos. “¡No pienses en los calambres! ¡No ahora, demonios!”, le contestaron. Tan palpable era la sensación de caldera hirviente que los médicos tuvieron que atender a un espectador desmayado mediado el partido. Nadal, visitado luego por el fisioterapeuta, se llevó la primera manga. Avanzó por delante en la segunda, finalmente perdida. Conquistó el tercer set, que debió haber cedido, y, tras dejar escapar el cuarto, impuso su dominio. Fue cuestión de golpes y mentalidad de hierro. Al toque de corneta del set decisivo, Federer tembló y se sintió perdido. Nadal rugió y decidió el partido.

“Ha sido un encuentro jugado con nervios”, resumió Toni Nadal; “Roger ha estado intermitente. Quizás, por la posibilidad de igualar el récord de 14 grandes de Sampras y por jugar contra Rafa, que le ganó los dos últimos. Faltó algo de continuidad en el partido… Todo el mundo decía que Rafa no jugaba muy bien en esta superficie y aventuraban que terminaría pronto su carrera, sobre todo algunos ex tenistas. Pues ya lleva casi cinco años en lo más alto”.

Éstos son los pecados de Federer, acomplejado cada vez que se enfrenta a Nadal: sacó penosamente (52% de primeros saques), cometió un número inusitado de errores no forzados (64 por 41 de Nadal), sólo convirtió el 32% de sus opciones de rotura, que nunca peleó como un grande, y perdió pese a haber ganado un punto más que el español (174 por 173). Éstos son sus méritos: creer siempre, querer siempre, luchar siempre. Estar a la altura del mito, pelear con la historia y gritar que, llueve o truene, es un campeón de los que hacen de cada partido un hito. El público le llevó en volandas. Levantó dos puntos de partido. Y luego, incapaz de aguantar el tercero, superado por un alud de reveses cruzados, vio cómo Rod Laver le entregaba el trofeo al adversario. Vitoreó entonces el público a Nadal. Se rindió el gentío y el número uno se ganó cientos de amigos.

Los australianos tienen un extraño sentido de los apodos. A Laver, que presidió el partido, le llamaron The Rocket, El Cohete, porque de tan poco correr ni se movía. A Ken Rosewall, Muscles, Músculos, porque era delgadito. A Nadal, que ya es uno de los suyos, todavía no le han encontrado apodo alguno. Quizás, viendo su espíritu de contradicción, El Chiquitito tendría sentido. El español tiene 22 años, seis títulos del Grand Slam y mucho apetito. Es un grande. Y en crecimiento.

JUAN JOSÉ MATEO   ilustracion, caricatura de rafa nadal ilustrador caricaturista Carlos Rivaherrera

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