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Carlos Castilla del Pino by Rivaherrera

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LeBron James by Rivaherrera

LeBron James se consagra en la NBA. A sus 24 años y en su sexta temporada, ha sido elegido el mejor jugador de la temporada (MVP), el galardón más importante a nivel individual. La figura de los Cavaliers dobló casi el número de votos recibidos por Kobe Bryant, 1.172 frente a 698. El tercer puesto fue para Dwyane Wade, con 680, y a continuación se clasificaron Dwight Howard y Chris Paul. La votación confirmó todos los pronósticos tras una temporada en la que LeBron ha firmado unas estadísticas impresionantes y ha impulsado a su equipo, el mejor en la fase regular con 66 victorias lo que le otorga la ventaja de campo en todos los playoffs. James ha logrado unos promedios de 28.4 puntos, 7.6 rebotes, 7.2 asistencias y 1.7 robos de balón por partido.

El alero de los Cavaliers sucede en el palmarés a Kobe Bryant (2008), Dirk Nowitzki (2007) y Steve Nash (2006). James es el cuarto jugador en la historia de la NBA que logra liderar a su equipo en puntos, rebotes, asistencias y robos de balón mientras que su equipo logra al menos 50 victorias. Los anteriores fueron Larry Bird (1985-1986), Grant Hill (1996-1997) y Kevin Garnett (2002-2003). Es también el séptimo jugador que logra ganar el trofeo MVP después de haber conquistado también, en 2004, el galardón de rookie del año, como Tim Duncan, Allen Iverson, Shaquille O’Neal, David Robinson, Michael Jordan y Larry Bird.

“Tengo 24 años y recibo este premio. Nunca pensé que esto pudiera suceder tan rápido. Mentiría si dijera que no estaba ilusionado con este galardón. Es la recompensa al trabajo duro”. James también fue elegido el segundo mejor defensor de la Liga, lo cual le convierte en el jugador más dominante en las dos partes de la cancha desde Michael Jordan. “Mi misión todavía no ha sido completada. Todavía tengo muchas cosas que hacer esta temporada. Todavía tengo otra celebración en junio”, dijo en referencia a la obtención del que sería su primer anillo. El anuncio del premio tuvo como escenario el colegio de St.Vincent-St.Mary School, en Akron (Ohio), donde se formó James antes de pasar directamente a la NBA. Los compañeros de equipo de James le acompañaron durante la entrega del premio. Con 24 años y 106 días cuando concluyó la fase regular, James es el jugador más joven que gana el premio desde lo conquistara Moses Malone en 1979 con 24 años y 16 días. En 1969, Wes Unseld, también ganó el premio con sólo con 23 años.

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Ilustración de Henry by Rivaherrera

Un brindis al futbol.  Al del Barça, claro, que desplegó en Chamartín, imponente museo futbolístico donde tantos tiritan, todos sus violines. El fútbol convertido en arte, pura orfebrería. No sólo fue la certificación del angelical método azulgrana. Del Barça, que se obliga a sí mismo en el juego y en el resultado, no se esperaba un simple triunfo, sino que sellara su estilo ante un duelo de máxima exigencia. Y la respuesta barcelonista fue intachable. Guardiola no se guardó nada, alistó a los mejores y el equipo no se confundió con el imprevisto gol inicial de Higuaín. Reaccionó con ese aire poético que le distingue. No sólo retorció el marcador, sino que contribuyó a la evangelización que merece Casillas. Rebajó de tal forma al Madrid que el impetuoso aspirante quedó reducido a un rutinario telonero. El conjunto de Juande no pudo camuflarse con el resultado y al equipo se le vieron todas las costuras. Nada que reprocharse ante un adversario capaz de convertir el fútbol en un paraíso.

Frente al juego de sacamuelas y tono épico de los madridistas, el Barça resultó sinfónico. Se puso de etiqueta, bailó en Chamartín y laminó el safari madridista de los últimos 17 partidos. Uno y otro expusieron su versión más real. El equipo de Guardiola, el más operístico de la temporada, debía mostrar su carácter competitivo ante una situación casi extrema. Del Madrid, que a toque de tambor había mantenido la Liga en vilo con un espíritu conmovedor, se intuía un arrebato definitivo. No hubo debate: el Barça fue mejor en todo, en lo fino, en lo grueso. El Madrid no tuvo respuesta, no le llegó el sudor que le había hecho soñar con el título. El Barça resultó de otro planeta, condujo a la rendición al irreducible Madrid de Juande.

Si hubo más emoción de la cuenta fue por la divinidad de Casillas, junto a Raúl y el ausente Guti la única coartada étnica del madridismo. Enfrente, Xavi, padre junto a Guardiola de la admirable y productiva ingeniería genética azulgrana, manejó el encuentro con su toque homérico. A cada azote del Madrid, que hizo pagar las únicas debilidades barcelonistas -la poca chicha de Abidal ante Robben y el peaje de Puyol, demasiado disperso en el eje defensivo-, respondió Xavi, jugador con más jerarquía que focos. Xavi, en plenitud, es un homenaje al fútbol. A todos los sistemas: el que premia al alquimista que advierte el pase que nadie ve o el pícaro que con cuerpo de ratón es capaz, por su apego a la pelota, de rescatarla ante espartanos como Lass. Como intérprete activó a Puyol en el 1-2; como amante del balón, citó a Messi con Casillas en el 1-3 tras birlarle el sustento al segundo Diarrà; animó a Henry en el 2-4, e hizo otro guiño a Messi en el 2-5. Desde Cruyff en 1974 -guionista de otra inolvidable noche del Barça en el Bernabéu con aquel 0-5- no ha habido un solista azulgrana semejante en el Bernabéu. Hubo un día en el que Ronaldinho fue Ronaldinho; anoche, Xavi fue todo un equipo. Al Barça le bastó con su senado, las picaduras de Messi y Henry, y un novel camino de la posteridad: Piqué, la mejor noticia para el fútbol español en lo que va de temporada. Sobrio, concentrado, adulto, con recursos para el quite y la salida, y hasta con gol. Con Xavi al compás y la extraordinaria solemnidad de Piqué, Messi puso la puntilla a ese Madrid babélico tuneado por Juande en los últimos meses. Salvo frente al Liverpool y el Barça, la clase alta del fútbol europeo. El conjunto azulgrana es de otro reino. Por mucho que se rebobine no hay rastro de un equipo que haya jugado tantos buenos partidos en una misma temporada, y sin descartar ningún reto. Filias y fobias aparte, este Barça es un lujo para el fútbol. Con 2-5, cualquiera estaría de rondito a la espera de que bajara el telón. Este Barça, no. Con 2-5, Piqué, un central, llegó al gol en el 2-6. El cuadro azulgrana ni siquiera precisó de la mejor versión de Eto’o, alejado a una orilla para que Messi retratara a los centrales blancos. Lo mismo dio. El Madrid fue un títere a los pies de un equipo de trazo celestial, ancho, profundo, arabesco, sabio y firme. Salvo el arranque de Robben, no hubo madridista que ganara su duelo: sin pistas de Raúl; Ramos se quedó en tanga ante Henry; Gago y Lass debieron sacar a hombros a Xavi; Marcelo fue el Marcelo que llegó… Así, uno tras otro. Jamás en la historia hubo recital azulgrana similar en el Bernabéu, silencioso ante los versos azulgrana.

Habrá un antes y un después de semejante gala. Habrá un antes y un después de Pep Guardiola, guardián de un santoral que recibió de Johan Cruyff y que lleva camino de purificar aún más. Pep, muy por encima de ese estreñimiento dialéctico que a veces prevalece en el fútbol, ha desmentido a esos paniaguados que le esperaban con el garrote, incapaces de perdonar su verbo mesurado, su buen gusto y discreción. Hasta el punto de liderar la segunda mayor goleada encajada por el Madrid en su feudo: la primera correspondió al Athletic.

Con Pep al frente, el Barça despejó cualquier discusión. Los puntos y los goles distinguen a este Barça; los adjetivos inundan sus crónicas. Llegado el día clave, el Madrid, sometido de principio a fin, cayó en la orilla. Su esmero merece un titular. Lo del Barça en Chamartín, lo del Barça en toda la temporada, quedará como un incunable en la bibliografía del fútbol español. Y del transfronterizo, donde España, con el modelo azulgrana, también marca tendencias. En definitiva, el Barça hizo doblete: ganó y deleitó, porque de él se esperan ambas cosas. Tan imponente es su obra que no caben éxitos mundanos. Otro mérito de Guardiola, decidido a pilotar a su grupo hacia la trinidad final. Sólo la fabulación ya merece un homenaje póstumo. El señorío obliga: el Madrid jamás olvidará a este Barça tan lírico.

JOSÉ SÁMANO  caricatura de thierry henrry ilustracion caricature ilustrador caricaturista carlos rivaherrera