José Tomás salva la vida ‘in extremis’ tras una cornada en Mexico

abril 27, 2010

Ilustración de José Tomás by Rivaherrera

Ilustración de José Tomás by Rivaherrera ilustracion caricatura de jose tomas ilustrador caricaturista carlos rivaherrera

Una buena tarde para morir.

La imagen de José Tomás, el cuerpo magullado, el traje ensangrentado, dolorido por la herida que llevaba en el muslo derecho, pero con las dos orejas en las manos, cruzando de punta a punta el diámetro de la plaza camino de la enfermería, y los tendidos, sobrecogidos, puestos en pie, al grito unánime de “torero, torero”, es de esas que permanecerán para siempre en la memoria de las 24.000 almas que asistieron ayer a una corrida épica que tuvo como protagonista a un héroe de película, revivido en torero de hoy, un mago del valor, capaz de hacer emerger las emociones más apasionantes del ser humano.

Fiel a su máxima de que un torero debe estar dispuesto a jugarse la vida doce tardes al año, José Tomás llegó a Madrid dispuesto a superar lo insuperable; es decir, a dejarse matar antes que perder la batalla contra sí mismo. Y a fe que lo demostró con una entrega absoluta, con una heroicidad sobrehumana y con un insuperable desprecio a la vida. Porque, ayer, José Tomás estaba dispuesto a morir. Y a punto estuvo de conseguirlo.

No fue una tarde de toreo puro. No. No estuvo fino el torero con el capote, y sólo unos pocos muletazos por ambas manos sobresalieron de un mar de pases enganchados y destemplados. Tampoco hubo toros encastados y nobles, sino mansos, de mala condición, rajados, huidizos y de pésima clase.

Quizá, fue excesivo el premio de las tres orejas. Posiblemente. Pero ayer se premió la disposición, el desafío, el poder, la gallardía, el arrebato… en una palabra, el valor extraterrestre de un torero que ayer se sobrepuso a todas las circunstancias adversas que le plantearon los toros. Y ganó la pelea; y salió victorioso de manera unánime porque no parece posible una actitud más verdadera que la de este hombre.

Se pide silencio. Está el segundo toro en la arena. Tomás intenta veroniquearlo, pero el animal huye despavorido. Muleta en mano, se dobla con el toro, rodilla en tierra, y aguanta impertérrito las tarascadas del animal. El toro no quiere pelea. Pero quiere Tomás, y lo desafía y lo reta con el pecho por delante y la muleta en la zurda. Tanto insiste que llega la primera voltereta -el toro se lo echa a los lomos, lo zarandea y lo despide a la arena-. El torero ni se mira la chaquetilla completamente ensangrentada. Parece confirmado en su valor y persigue a su oponente en su huida permanente. Y consigue un derechazo enorme, y otro de pecho extraordinario, y un recorte final espléndido. La angustia se ha adueñado ya de los tendidos, que presagian la cornada, pero ahí sigue el torero, cada vez más cerca de los pitones, cada vez más dispuesto… Uf, inenarrable.

Y llega la segunda cogida cuando intenta torear por gaoneras, y se vuelve a salvar de milagro. Y la faena a ese quinto gazapón es de torero heroico. No hay toreo largo ni hondo; quizá, es que no puede haberlo, pero está tan bien colocado, tan metido entre los pitones, tan cruzado, tan cerca del peligro, que el sobrecogimiento general se convierte en entusiasmo desbordante. Llegó la tercera cogida cuando tomó la izquierda y la voltereta fue espectacular. Pero siguió en la plaza hasta que mató al toro de una media estocada baja. Se le concedieron las dos orejas y atravesó el redondel, seguido por su cuadrilla, en esa imagen que figura ya en los anales de esta plaza.

Tampoco tuvo toros El Fundi, que se justificó con oficio y buenas maneras, y toreó muy bien con el capote. Él y Juan Bautista protagonizaron un vibrante tercio de quites en el tercero. Por cierto, el torero francés que, a lo postre, se encontró con el lote más propicio, decepcionó con un toreo mecánico y frío.

Al final, la tarde fue, de pitón a rabo, de José Tomás, que acabó con tres heridas en los muslos, prueba inequívoca de que ésta era una de esas tardes en las que hay que jugarse la vida. ¿Por qué lo cogen tanto los toros? Quizá, por eso, porque se arrima más que ninguno, y te pone la carne de gallina, el condenado José Tomás…

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